La ciudad dormía bajo un manto de sombras cuando Dimitri irrumpió en el apartamento de Elena. Cerró la puerta tras de sí con un portazo tembloroso, el rostro desencajado, los ojos brillantes de adrenalina. Elena, en bata de seda y con una copa de vino en la mano, lo observó con el ceño fruncido.
— ¿Qué hiciste? —preguntó, notando algo oscuro en su mirada.
Dimitri no respondió de inmediato. Caminó hasta el centro del salón y se dejó caer en el sofá, como si el peso del mundo se le hubiese clavad