El aire era denso y cálido, cargado con la fragancia de las flores nocturnas que bordeaban la mansión Moretti. La brisa, aunque leve, llevaba consigo un susurro inquietante, como si la misma naturaleza supiera de la tensión que se cernía sobre la casa. A lo lejos, un búho ululaba, su canto resonando en la oscuridad, mientras las nubes se movían perezosamente sobre un cielo pintado de un azul profundo, salpicado por la luz tenue de las estrellas.
Mientras se preparaban para la caza, Isabella miró