El segundo manuscrito estaba sobre la mesa, abierto como una herida. Luciana pasaba las hojas con manos temblorosas mientras Alexander recorría el cuarto sin cesar. Las palabras de Ismael, esa segunda versión de los hechos, eran aún más oscuras, más aterradoras. Revelaban nombres, fechas, acuerdos entre entidades privadas y estatales, intelectuales comprados, testimonios reescritos, y una red de silencio que se extendía por generaciones.
—No podemos publicarlo así como está —dijo Alexander, fin