Elena no tenía tiempo para detenerse.
Y aun así…
lo hizo.
No porque el mundo alrededor se hubiera calmado —no lo había hecho—, sino porque por primera vez desde que todo comenzó a desmoronarse, entendió que seguir avanzando sin detenerse no era fortaleza.
Era evasión.
El despacho había quedado en silencio después de que Diego se marchara, pero ese silencio no trajo claridad. Trajo algo más incómodo. Más persistente. Una sensación que no podía organizar como organizaba cifras o estrategias, porq