El silencio en la sala no era incómodo.
Era expectante.
Cada uno de los presentes sabía que esa reunión no era una formalidad ni una continuación de lo anterior. Era un punto de inflexión, uno en el que las insinuaciones dejarían de ser suficientes y las posiciones, finalmente, tendrían que definirse.
Elena lo percibió desde el instante en que cruzó la puerta.
Las miradas no se apartaron esta vez.
No hubo cortesía.
No hubo disimulo.
Solo evaluación directa.
Isabella ya estaba sentada, impecable