La reunión no comenzó cuando todos tomaron asiento, sino mucho antes, en ese instante casi imperceptible en que Elena Cruz cruzó la puerta de la sala y sintió que algo no encajaba del todo. No era un error evidente ni una tensión abierta, sino una corriente silenciosa que recorría el ambiente, una especie de expectativa contenida que parecía dirigirse hacia ella sin necesidad de palabras.
La sala estaba impecablemente preparada, como siempre. La mesa de cristal reflejaba la luz suave del techo,