—Señorita Gigi, ¿necesita algo?— Al notar la intensa hostilidad en los ojos de Gigi, Elena suspiró para sus adentros.
Era evidente que Octavio se había metido solo en este lío, y aun así la culpaba a ella.
Gigi, golpeando sus tacones altos, dijo con arrogancia.
— Elena, he visto a muchas mujeres como tú que se pueden comprar con dinero. Ni se te ocurra intentar ligar con Octavio.
Esta chica de dieciocho o diecinueve años estaba claramente mimada por su familia; su tono era particularmente arrog