Edward llegó al imponente edificio donde se alzaba su ático, un santuario de lujo en medio del bullicio de la ciudad. Se detuvo un instante, respirando profundamente para controlar las emociones que lo embargaban. La rabia, como un fuego voraz, y la ira, como un torbellino implacable, aún luchaban por consumirlo, pero sabía que debía mantener la compostura. Necesitaba cada pizca de autocontrol para ejecutar el plan meticulosamente trazado. No podía permitirse un paso en falso, un desliz que pud