Fiona revisó por enésima vez la brillante pantalla de su celular, un brillo que contrastaba con la tenue iluminación del elegante restaurante. Sus dedos se deslizaron brevemente sobre el cristal, como si esperando una notificación milagrosa que disipara su impaciencia. Luego, con un suspiro apenas audible, dio un breve y delicado sorbo a su copa de vino, ya casi vacía, observando el líquido carmesí danzar lentamente antes de desaparecer. Exactamente habían transcurrido treinta minutos desde el