Edward no pudo conciliar el sueño en toda la noche. La ansiedad era una vorágine que lo consumía por dentro, cada pensamiento un remolino que lo arrastraba más profundo. Grace, por el contrario, parecía encontrar un tenue consuelo en su mera presencia cercana, como si su proximidad la envolviera en una burbuja de calma. Él ya se encontraba apurando su segunda taza de café negro, el amargor matutino apenas capaz de cortar la espesa niebla de su inquietud, esperando pacientemente a que ella despe