Grace
El sol romano acariciaba mi rostro cuando bajé del avión privado, paso a paso, por la escalera que se desplegaba como una alfombra de bienvenida. A pesar del yeso que cubría mi brazo izquierdo, me sentía más ligera, como si la ciudad misma me abrazara en un cálido apretón. Y ahí estaba él.
Edward.
Apoyado junto a la última escalera, con una mano en el bolsillo y los ojos fijos en mí como si nada más existiera. Su chaqueta de lino clara se movía suavemente con la brisa, y su sonrisa —esa q