El silencio que siguió a la confesión de Alexander parecía tener peso propio. Elena sentía que el aire se había vuelto denso, casi irrespirable. La habitación del hotel, con sus paredes color crema y sus cortinas de seda, se había convertido en una jaula dorada donde las verdades más oscuras finalmente salían a la luz.
—¿Qué quieres decir con que me salvaste la vida? —preguntó Elena, su voz apenas un susurro tembloroso.
Alexander se acercó a la ventana. La luz del atardecer dibujaba su silueta,