Mis dedos aprietan el teléfono con fuerza, como si pudiera arrancar más respuestas de esa llamada que se cortó demasiado rápido. No fue mi imaginación. No lo fue. Era ella, su voz.
—Señor… —Marco me observa con cautela. Siento que la tensión en el despacho es tan espesa que casi puedo sentirla sofocándome.
Levanto la vista hacia él y veo cómo traga saliva antes de atreverse a hablar otra vez.
—Señor, ¿quién era?
—Sophía —respondo sin pensar, mi voz apenas un gruñido.
Un silencio sepulcral sigue