Simone lo miró frunciendo el ceño, como si no acabara de entender lo que había escuchado. Sus ojos se entrecerraron ligeramente, atónitos.
—¿Cómo que se fue? —preguntó—. ¿A dónde?
Reinhardt apenas alzó la vista. No había rabia en su voz, pero sí una especie de cansancio.
—Se fue —repitió—. Se fue para siempre de aquí.
—¿Cómo...? —soltó ella, perpleja—. Pero si yo la vi hace unos días, incluso hablamos.
Reinhardt dejó escapar un bufido leve y se apartó un poco del escritorio.
—Pues entonces fue