La sangre salpicaba por todas partes, incluso en los rostros de los hombres que lo sujetaban. Pero nadie se quejaba. Nadie iba a soltarlo, sería una locura hacerlo. Si Reinhardt se liberaba ahora, todos estarían muertos en segundos.
—Debiste quedarte en tu mal-dita cueva —articuló Zaid, jadeando entre cada palabra y golpe—. No debiste venir aquí a hacerte el héroe, a intentar llevarte a Isabella. Fue el error más estúpido de tu vida. Tenías que haberte ocupado de tu cabaret destruido, de tu gen