Ambos avanzaban a un ritmo pausado, sin prisas ni sobresaltos. Reinhardt tenía una regla cuando se trataba de moverse sin llamar la atención: la velocidad excesiva despertaba sospechas. Conducir demasiado rápido en una zona donde nadie solía hacerlo era una invitación para que ojos curiosos se fijaran en ellos, y esa era la última clase de atención que deseaba atraer. Por eso, el automóvil se deslizaba con calma por el camino, dejando atrás la ciudad sin que pareciera una huida y sin que ningún