En la mansión de los Lambert, la misma mujer que ya había desgraciado lo suficiente la vida de su hijo como para ya no ser deseada ahí hablando con la mujer a la que había arrastrado a ese sitio de perdición.
Sin dejar de sonreír la una a la otra, compartían aquel momento con copas de vino en sus manos y platillos de bocadillos en la mesa central.
—Señora Victoria, ¿cree que el plan funcione? —Preguntó Tábata.
Victoria suspiró. —La realidad es que no te puedo asegurar nada en este momento, mi