El aire en la lujosa suite parecía más pesado de lo habitual. Lucrecia estaba acurrucada al borde de la cama, como un cachorro asustado, mientras el señor Lombardi la observaba desde el otro extremo de la habitación. Sus ojos oscuros parecían destilar veneno, cada mirada una daga que atravesaba la poca confianza que ella intentaba proyectar.
— ¿Quién eres realmente? — repitió Lombardi con voz firme, casi gutural.
Lucrecia intentó tragar el nudo que se formaba en su garganta. Las manos le tembla