En el patio trasero, Grasya quemó cada una de las noventa y ocho cartas. Observó cómo las llamas devoraban el montón de papel mientras el fuego danzaba reflejado en sus ojos vacíos.
Su rostro estaba inexpresivo. Los labios apretados en una fina línea. Aún quedaban lágrimas en las comisuras de sus ojos, pero apenas sentía algo. Había guardado aquellas cartas durante años, leyéndolas una y otra vez. Las había atesorado. En algún momento imaginó que los dos las leerían juntos cuando fueran viejos,