La vieja carta temblaba entre sus dedos. Señorito Sev, Hoy me resbalé en el arrozal, pero tú me sorprendiste al ayudarme a levantarme. Tu mano estaba tan cálida cuando buscó la mía. Cuando la luz del sol te iluminó el rostro, te vi sonreírme. Eres tan bueno. Gracias, Señorito. Una lágrima solitaria cayó sobre el papel amarillento: la primera carta que Grasya le había escrito a su amor de la infancia. Todavía podía ver con claridad aquella sonrisa luminosa y despreocupada que él le regaló aquel día en los campos. Apretó la carta contra su pecho con fuerza. Entre ellos vivían tantos recuerdos hermosos. ¿Cómo iba a enterrarlos todos? Durante años, antes de que él se fuera a Manila, Severen solo había sido bueno con ella. Desde que tenía memoria, había soñado con formar una familia feliz a su lado. —Sev… —susurró. Antes de marcharse de Santa Catalina, sus promesas ardían con certeza: volvería y se casaría con ella. Pero cuando finalmente regresó, solo encontró frialdad. Ahora su mir
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