Helios no cambió de expresión ni siquiera después de que ella le ofreciera su cuerpo como pago. Ni sorpresa. Ni una sola reacción visible. El jefe de la mafia era imposible de leer; sus emociones permanecían bien encerradas tras aquellos ojos fríos.
Tomó su vaso de whisky sin decir una palabra y bebió un sorbo lento.
—¿Tu cuerpo vale veinte millones?
—Nadie lo ha… reclamado antes.
—Eres virgen —afirmó él sin rodeos.
Ella asintió, con la cabeza baja. Todo su rostro ardía de vergüenza,