—¿Dónde demonios pueden haberse escondido ese padre y esa hija? ¿Cómo es posible que ninguno de los hombres que enviamos haya podido rastrearlos todavía?
La delicada ceja de Renata se elevó. Sus dientes rechinaban de pura rabia incontenible, y todo su cuerpo temblaba de furia. Aún no podía quitarse de la cabeza la imagen de Grasya enfrentándolos, amenazando con lanzarles piedras pesadas si se acercaban más.
Había odiado a la hija del antiguo chofer de la familia durante años. Ahora, su odio se