Poco a poco bajó la manta. Las mejillas le ardían todavía; unos mechones le caían sobre el rostro. Él se los apartó con suavidad, metiéndolos detrás de la oreja, y la miró a los ojos: firme, serio, adorando.
—¿Qué? —susurró ella, de pronto tímida.
—Si nuestra primera hija es una niña… quiero que se parezca exactamente a ti.
Grasya parpadeó, los labios entreabiertos de sorpresa.
—¿Primera hija? ¿Quieres decir… que quieres m