Regina tembló una vez más —Giova-nni— lo nombró jadeante y con sus ojos apretados mientras su cabeza caía ligeramente hacia atrás. Ya no aguantaba.
Él acarició su dolorida erección que también comenzó a lubricarse, lamió del sensible y rosado clítoris de Regina y se levantó repartiendo un par de húmedos besos por su cuerpo, la respiración acelerada y la mirada confundida de la ruborizada chica, le mostraba el reprimido deseo femenino.
—¿Sabes, Regina? – le dijo dándole un fugaz beso en sus la