Arianna
A las siete, tal como había dicho Aquiles, un mensajero toco a mi puerta y me entregó dos cajas de terciopelo negro que llevaban sobre la cubierta un precioso lazo dorado.
La más grande, tenía una tarjeta pegada que decía: “úsame”.
Con una sonrisa en los labios la abrí y encontré con un vestido rojo de gala.
No puede evitar que mi corazón saltase en mi pecho, al tomarlo entre mis manos y probármelo sobre la bata, girando sobre mi misma como si aquello fuese un sueño.
—Dios,