Aquiles
—¿Qué estás haciendo? —Pregunté despacio, con el tono más calmo que me permitió mi garganta y labios resecos.
Lo escuché reír por lo bajo.
—Es gracioso, porque te crees muy macho, pero ahora que soy yo quien tiene un arma, de pronto has dejado el tono prepotente y la pose de bravucón —. Me temblaban las manos. Cerré los puños —.¿Acaso creíste que podías tirarte a mi mujer e irte de rositas? —Lo aparté mareado por la ira y él me golpeó la nuca con la culata del arma.
Me segó