El auto nupcial se detuvo frente a la escalinata de la iglesia.
Bajó del auto con ayuda del chofer. Su padre la esperaba al pie de las escaleras con esa postura que no había abandonado a pesar de los años. Era toda elegancia, todo poder.
Le ofreció el brazo y ella lo tomó, admirándolo en silencio, porque siempre había sido así: un hombre de pocas palabras, de abrazos contados, pero que había velado por sus hijos con devoción.
Comenzaron a subir los escalones hacia las puertas abiertas y entonce