Con los ojos brillantes de emoción, Jenny exclamó:
—¡Ay mamá! Diego es el amor de mi vida, ¡siempre lo ha sido! Aquí me quedaré, con los Soto, guardándole fidelidad hasta que los dos tengamos el pelo blanco.
Pero mientras esas palabras salían de su boca, por dentro pensaba otra cosa muy distinta: si hubiera sabido desde el principio que Diego no servía para nada, hace rato que hubiera ido tras Miguel.
De hecho, a estas alturas ya estaría con él y Laura ni siquiera sería un problema.
—Te voy a da