El aliento frío de Miguel le rozó la nariz.
Laura recordó las palabras del doctor y entró en pánico total. Lo empujó con brusquedad:
—¡Miguel, no me presiones el vientre, me duele!
Ayer con solo un poco ya se había sentido mal. No quería repetirlo.
Miguel se quedó pensativo, mirando su rostro sonrojado. Era obvio que ella también lo deseaba, pero seguía rechazándolo. Como antes, cuando prefirió usar sus manos antes que entregarse por completo. ¡Era imposible creer que no hubiera algo más!
Laura