Hablo un poco hasta que uno de los gemelos aparece mostrándose a una distancia prudente que me comprueba que no se necesita tocarse para poder derretir a una persona de tanto deseo.
— Estas aquí. — susurra él.
— Aquí estoy.
— Lo siento, nos quedamos dormidos con la bebé.
— Me di cuenta, fui a verlos y los encontré dormidos. — susurro.
— Yo… me voy a descansar. — dice Óscar marchándose, mientras yo veo en el pecho de ese hombre que tanto debilita mi voluntad.
El anillo que en un tiempo pen