Augusto ya no se sentía con fuerzas para discutir, y asintiendo con debilidad, miró al doctor que lo miraba a cambio con indiferencia.
—¿Puedo encender el televisor? No quiero escuchar el silencio. — pidió.
El medicó asintió y se apresuró a encender la enorme pantalla que se encontraba en esa habitación VIP. Sabía que ya no rompería nada pues lo mantendrían sedada al menos por esa noche.
—Vendrán a verlo más tarde. — dijo el médico para luego salir del sitio.
Augusto observó la pantalla; estaba