Introspectivo, como lo estaría una estatua cansada de ver el interminable correr de los días, Irum escuchaba cada palabra de Alejandro, que una vez más llegaba sin que lo llamara.
Prometía el abogado perseguir penalmente a los agresores y conseguir sanciones ejemplificadoras, para que nadie volviera a patear en el suelo al poderoso hombre al que él había pateado primero.
—¿Estarán en la cárcel? —preguntó Irum.
—Son un montón de jóvenes idealistas, con más pasión que sentido común. Buscaré traba