—¿Es su primera vez volando? —preguntó el hombre sentado en el avión junto a Libi.
Las manos le temblaban. Por mucho que ella intentara disimular, él lo había notado.
—No, sólo tengo… frío.
Decirle que era él quien la hacía temblar y la forma en que, de vez en cuando, lo había atrapado viéndole las piernas era impensado. El vestido que usaba le llegaba unos cuantos centímetros sobre la rodilla y las medias oscuras ocultaban las marcas de los mordiscos de las ratas, nada que llamara la atención.