Un charco de bilis amarillenta se había formado junto a Libi, era lo último que le quedaba en el estómago. Le salpicaba las piernas también y se había mezclado con la sangre que manchaba las baldosas blancas.
Nadie podía seguir vivo luego de perder tanta sangre. Aún así, Libi llevaba cinco minutos con el oído pegado al pecho frío de Rafael, silencioso como lo estaba el baño desde que la llamada que ella había hecho finalizara automáticamente al no ser contestada.
—Per-dó-na-me... Per-dó-na-me