Una semana había pasado desde que Libi se enterara de que su hija era hija de Irum también. La frustración y la rabia que seguía sintiendo por aquello se las guardaba en el bolsillo porque debía seguir adelante. Era una adulta profesional y con una hija que dependía de ella.
Espi seguía yendo a «trabajar» a la empresa de Irum y ya tenía tres corbatas y su propio escritorio en la oficina de Alejandro. Su primera gestión, en su ilustre cargo de la hija del jefe, había sido sugerir nuevos postres