La codicia de venganza emanaba en mí un sentimiento amargo. No sabía qué hacer.
Realmente deseaba deshacerme de ese amor que sentí por Daemon, porque todavía lo tenía dentro de corazón, arraigado, enterrado como una espina imposible de quitar.
—¿Por qué tuve que amarlo? —me pregunté, con los ojos llorosos.
Matarlo, era algo que ni siquiera podía entrar en imágenes en mis pensamientos. El me vería a los ojos y eso me haría colapsar. A menos que pudiera matarlo por la espalda. De solo pensar en e