Colgué el teléfono y me quedé mirando la pared de mi estudio durante un largo rato. La voz de Ivy, rota y desesperada, todavía resonaba en mis oídos.
“Eres el único en quien puedo confiar.”
Cada palabra suya era a la vez una victoria y una puñalada. Victoria tenía razón: Ivy estaba rota, vulnerable, y se aferraba a mí como a un salvavidas. Había funcionado. Nuestro plan estaba funcionando a la perfección.
Entonces, ¿por qué sentía este sabor a ceniza en la boca?
Me pasé una mano por el rostro,