El sonido rítmico y acelerado que llenaba la silenciosa habitación del consultorio era el de un milagro.
Bum-bum. Bum-bum. Bum-bum.
El corazón de mi hijo. Nuestro hijo. Era la primera vez que la palabra "nuestro" se sentía real, tangible, anclada a algo más que a una confesión susurrada en la oscuridad. Las lágrimas que se deslizaron por mis sienes no eran de miedo, sino de un asombro tan puro y abrumador que me dejó sin aliento.
Miré a Xander. El muro de hielo que había levantado entre nosot