El fuego se había apagado casi por completo cuando abrí los ojos. Las brasas morían en silencio, y la cueva estaba envuelta en una penumbra que olía a humo, piedra y piel húmeda. Por un momento, no recordé dónde estábamos. Solo el sonido constante del viento colándose por la grieta me devolvió la conciencia. El amanecer aún no había llegado del todo, pero el cielo afuera comenzaba a volverse gris.
Ashen ya no estaba junto al fuego. Su sombra se movía cerca de la entrada, recortada contra la ten