Una tormenta de lágrimas devastó el rostro de Gina.
—¡Gina! Deja de llorar.
Claudia, posada junto a ella en la cama, le dio palmaditas en la cabeza a Gina.
—Mira, tus hermosos ojos se hincharán si sigues así.
—No me importa —Gina espetó con desesperación—. Alex ni siquiera me mirará. Todo este esfuerzo, este cambio de imagen... para nada. Ahora está casado, con una mujer ordinaria. ¿Qué podría ver en ella?
Nuevos sollozos amenazaban con estallar, pero Claudia la interrumpió con un firme:
—Si si