El pesado sobre de papel manila marrón parecía no pesar absolutamente nada en las manos de Isabel, y sin embargo, contenía suficiente poder explosivo como para arrasar por completo con un rascacielos. Estaba sentada en el silencio absoluto de su oficina privada en la Torre Belmonte, mirando fijamente la fotografía brillante de Don Ricardo de pie en el callejón oscuro. El hombre que había sido su mentor, el hombre que la había forzado sin piedad a ponerse un vestido de novia indeseado para salva