Santiago Belmonte soltó un rugido ensordecedor y salvaje. El sonido violento desgarró el aire denso y húmedo de la bóveda subterránea y resonó ferozmente contra los fríos muros de piedra. Golpeó la pesada mesa de roble con sus enormes puños, astillando la madera envejecida bajo sus nudillos. El inmaculado sobre blanco, que llevaba el nombre de Isabel en sangre fresca y de un rojo brillante, revoloteó levemente por el impacto.
Sus ojos de un negro intenso ardían con una furia asesina e indomable