EMILIA
Mis tacones resonaban en el mármol del pasillo como una sentencia calculada, aunque por dentro el corazón me golpeaba como un martillo enloquecido. Sentía miradas quemándome la espalda, cuchicheos que se escurrían como serpientes, pero no me detuve.
Adam quería hablar y yo lo quería escuchar.
Tomé a Adam de la mano, con la suavidad exacta para que pareciera que buscaba apoyo, y lo guié hacia la única puerta que sabía que nos daría lo que necesitaba: una oficina vacía.
Entramos. Cerré la