El aire entre ellos se volvió denso, como si hubiera un elefante entre los dos.
Alice no pudo contener el rubor en sus mejillas, lo cual era patético. Ruborizarse delante de algún macho era ridículo, eso solo mostraba que sus palabras le hicieron hacerlo.
El macho frente a él mantuvo una mirada profunda sobre ella, sin desviarse ni siquiera cuando ella pigarreó y caminó hasta la ventana.
Ella miró hacia el atardecer en el horizonte, muy consciente de la mirada penetrante en su espalda.
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