Reina
La torre norte olía a piedra y aire viciado, lo cual era extraño, porque nunca había sido así la última vez que estuve aquí.
El hedor no era a podredumbre ni a suciedad, sino a abandono, como si incluso la luz del sol hubiera decidido hacía mucho tiempo que no valía la pena subir tan alto.
Los guardias no dijeron palabra cuando me empujaron dentro. La puerta se cerró con un golpe sordo y resonante que pareció calar hasta los huesos.
Sola.
La habitación era más grande de lo que esperaba y