Reina
Una hora antes del baile, alguien llamó a mi puerta. No fue un llamado vacilante ni incierto. Fue un llamado decidido y, sin duda, para mí.
Al abrir, un sirviente sostenía una larga caja lacada y, encima, un estuche más pequeño de terciopelo.
—Para ti —dijo rápidamente, sin mirarme a los ojos. Para evitar que la situación se volviera más incómoda, recogí los objetos y regresé a mi habitación.
Dentro de la larga caja había un vestido color luz de luna fundida, con hilos plateados y sutiles