Reina
El camino desde la galería hasta la biblioteca real fue una pesadilla de exquisita vergüenza. Mi vestido no era más que un amasijo de cintas de seda pegadas a mi piel húmeda. Con cada paso, el corpiño desgarrado se inclinaba, dejando al descubierto la pronunciada curva de mis pechos, mientras que la parte trasera de la falda estaba tan rasgada que mi trasero magullado y dolorido quedaba prácticamente al descubierto en el pasillo helado.
Intenté juntar los restos, con los dedos temblando m