Reina
Desperté con un sonido que no encajaba en una habitación silenciosa. Era bajo, rítmico y casi mecánico. Sentía como si me hubieran abierto la cabeza y me la hubieran llenado de arena. Incluso respirar me dolía. Al intentar tragar, me ardía la garganta, como si me hubiera clavado cristales, y debajo de todo eso, oí un débil eco de mi propia voz.
Era suave, distorsionada y diminuta, pero zumbaba. Las alarmas en mi cabeza sonaron de inmediato mientras parpadeaba contra la luz. El techo apare