Reina
El sueño nunca llegó. Por mucho que intentara forzarlo, o probablemente inducirlo, dicho concepto se negaba simple y vehementemente a tener algo que ver conmigo. Lo intenté, ¡dios!, de verdad que lo intenté, pero sentía que cuanto más lo intentaba, más se alejaba el sueño de mí.
Mierda.
Me quedé tumbada boca arriba mirando el techo hasta que dejó de parecer piedra y empezó a parecer un mapa. Lo había mirado tanto que cada grieta era ahora un camino, y cada sombra parecía un lugar donde alguien podía esconderse. Como si eso no fuera lo suficientemente triste y traumático, me encontré contando mis respiraciones. Conté los segundos entre pasos en el pasillo. Demonios, incluso conté las veces que mi corazón se despertó sobresaltado sin motivo alguno.
La daga estaba en la mesa junto a mí. No fui dramático, pero a estas alturas, me gustaba pensar que cualquiera me creería cuando dijera que la maldita cosa se burlaba de mí, y probablemente me retaba a hacer algo más con ella. Algo estú