Reina
Llegué al campo de entrenamiento con la espalda recta y la mirada inquisitiva. No era buena señal para empezar el día, pero a estas alturas, tenía las manos atadas. Ya me sentía ansiosa solo de pensarlo. Eso fue lo primero que odié, lo instintivo que se había vuelto.
El polvo flotaba en el aire, levantado por las botas y el movimiento, el ritmo familiar de los ejercicios se desarrollaba como si nada hubiera cambiado. Estallaron risas cerca de la línea del fondo, metal chocando contra meta